Es urgente precisar el momento en que la luz dejó iluminado el sitio vacío,
que como un animal hambriento, come lo que encuentra a su paso o al menos lo muerde.
Es urgente precisar el momento en que mis oídos comenzaron a rodar
como dos piedras sobre las cosas, y los proyectos se lanzaron suicidas en un pozo lleno de fuego.
Las letras me llueven vacías, las vocales cerraron su vientre
y los acentos se desplomaron en las palabras.
No puedo sentarme en las sillas que no suenan,
no sé distinguir los colores que no hablan,
no puedo besar a nadie porque se me han hecho heridas en el gusto.
Respiro el presente y comienza la tos,
como si estuviera caminando entre los destrozos de un incendio
y dudo querer compartirlo con alguien. La desgana no se comparte.
Los deseos se me han ahogado,
y la voluntad me alcanza para contemplar a los seres que no tienen más lenguaje que el movimiento.
A ratos el viento y los árboles parecen lanzar piedrecillas en el vacío y ocurre el milagro,
el sonido y el encanto,
pero es tan corta la salvación cuando el verbo querer está enyesado en sus contornos.
Hay días en que la vida amanece como un sol muerto en la ventana
y no soy nada más que su ataúd.
Hay otros en que lo escribo.
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Hace 2 años.